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Equilibrismo entre Oriente y Occiente

July 9, 2011

En los últimos años, Turquía ha dado un giro a su política exterior para convertirse en una potencia regional en Oriente Medio. Con un asombroso crecimiento económico y una democracia que se perfila como ejemplo para los países árabes, Ankara se ha desprendido de la imagen de guardiana de los intereses occidentales que tenía ante muchos de sus vecinos.

El reconocimiento del Consejo Transicional Libio por parte de Turquía a principios del mes de julio y el consecuente ofrecimiento de ayuda por valor de 200 millones de dólares a los rebeldes supone la ruptura definitiva de Ankara con el régimen de Muamar el Gadafi. Este giro en la política exterior turca hacia Libia, anunciado por el ministro de Asuntos Exteriores Ahmet Davutoglu, no es sino el último capítulo de una serie de reestructuraciones en las relaciones de Turquía con los países del Norte de África y Oriente Medio.

Este cambio de rumbo en las relaciones exteriores de Ankara comenzó en 2003 con la falta de apoyo turco a la invasión de su vecino iraquí por parte de Estados Unidos y de algunos miembros de la Unión Europea, entre ellos España. Sin embargo, no fue hasta 2008-2009 cuando Turquía apostó con claridad por una política exterior que la perfilase como potencia regional en Oriente Medio. Coincidiendo con el conflicto en la Franja de Gaza, el primer ministro turco Reccep Tayyip Erdogan se dirigió al presidente israelí en el Foro Económico Mundial de Davos para decirle: “A la hora de matar, vosotros sabéis muy bien cómo hacerlo. Sé muy bien cómo golpeáis y matáis a niños en las playas”. Con estas duras palabras, el que hasta entonces había sido uno de los más firmes aliados del Estado hebreo en la región se alejaba de la política euro-atlántica que hasta el momento había marcado su agenda exterior.  En su evolución para convertirse en un poder regional, Turquía también ha iniciado un acercamiento con Irán, oponiéndose a las sanciones que Estados Unidos reclamaba en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para el Estado persa. Junto a Brasil, otro emergente, Turquía firmó un acuerdo de intercambio nuclear con Irán para entorpecer la imposición de sanciones en 2010. Este desafío a la hegemonía norteamericana y, en menor medida europea, no consiguió finalmente impedir el establecimiento de sanciones contra Teherán.

Sin embargo, las sanciones contra Irán por su programa nuclear han acabado por beneficiar a Turquía en su proyección regional al debilitar a la República Islámica, uno de los países más poderosos de Oriente Medio. Si a esto se suma que Egipto, otro de sus rivales en el liderazgo regional, atraviesa en la actualidad un proceso de democratización, el escenario es sumamente beneficioso para el país euroasiático.

Con un Israel cada vez más aislado tras la caída de su principal aliado en la zona (el presidente egipcio Hosni Mubarak) y con sus principales adversarios para capitanear la región – Irán, Iraq y Egipto – fuera de juego, Turquía tiene vía libre en el Mediterráneo, el Mar Negro y el sur del Cáucaso.

¿Más lejos de Europa?

En un tablero geopolítico cambiante por las revoluciones en los países árabes, Turquía además se erige como un modelo a seguir. Su trasfondo musulmán y su sistema multi-partidista la convierten en un ejemplo para aquellos Estados que como Túnez o Egipto inician sus transiciones hacía la democracia. Bajo el gobierno del AKP, partido de tendencia islamodemócrata que preside el país desde 2003, el Estado euroasiático asiste a un crecimiento económico que en 2010 rozó el 9% y un descenso del desempleo que en el primer trimestre de 2011 se encontraba en torno al 10.5%.

Esto, junto con el enfriamiento en sus relaciones con Israel, “ha impulsado la popularidad de sus líderes entre el público de Oriente Medio, pero ha deteriorado la confianza entre sus aliados tradicionales en Washington, Bruselas y algunas capitales árabes”, tal y como señala el think tank con sede en Bruselas International Crisis Group. En estas líneas, la Fundación Turca de Estudios Económicos y Sociales (TESEV, pos sus siglas en inglés) señala que “el 78% de la población del mundo árabe considera que Turquía debería jugar un papel mediador en el conflicto palestino-israelí”, lo que indica un claro aumento en el poder blando del país sobre la región.

Los esfuerzos de Ankara para reducir los conflictos (albergó con éxito las conversaciones sirio-israelíes en 2008), la supresión de visados para algunos de sus vecinos, el desarrollo de infraestructuras y la integración en organismos regionales como la Organización de la Conferencia Islámica, parecen indicar que Turquía ha abandonado su política de “occidentalización” iniciada en los años 20 por el fundador de la República Mustafa Kemal Atatürk. Sin embargo, la nueva e independiente política exterior turca encaja mejor con la definición que sus propios dirigentes dan de ella: “cero problemas con los vecinos”.

No obstante, en el convulso panorama del mundo árabe, esta política exterior lleva consigo importantes contradicciones. Si bien Turquía ha retirado su apoyo de manera definitiva a Muamar el Gadafi en Libia, mucho más laxa está siendo con el presidente Bashar el Asad. Siendo Siria la piedra angular de las relaciones de “cero problemas”, Turquía teme que una condena firme contra el dirigente del país desencadene un éxodo de refugiados hacia su frontera sur.

Por otro lado, Turquía continúa siendo firme candidata a entrar en la Unión Europea, aunque esta ambición esté perdiendo fuerza entre la población del país.  Si bien Turquía ya no siempre se alinea con las decisiones de sus vecinos occidentales y ha arremetido contra Francia y Alemania por su reticencia a convertirla en Estado miembro, más de la mitad de su comercio exterior se desarrolla con los Veintisiete, mientras menos de un cuarto tiene lugar con países de Oriente Medio. Este frágil equilibrio convierte a la República de Turquía en un actor fundamental, no sólo a escala regional, sino global.

María Gallar Sánchez

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