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Comienza la retirada

July 20, 2011

Diez años después de la intervención estadounidense en Afganistán para derrocar al régimen talibán que dio refugio a Al Qaeda tras los atentados del 11 de septiembre, Washington comienza a retirar sus tropas. Sin embargo, la población afgana se asoma al abismo de una nueva guerra civil en un contexto marcado por la corrupción derivada de la economía de conflicto y la creciente inestabilidad.

El pasado 22 de junio, el presidente estadounidense Barack Obama anunciaba la retirada de Afganistán de un primer grupo de 10.000 soldados para finales de este año y de un total de 33.000 para verano de 2012. Rechazando las peticiones del Pentágono, que reclamaba al morador de la Casa Blanca una retirada más escalonada, Obama inicia así la salida de una guerra que cuesta al contribuyente americano 10.000 millones de dólares al mes.

La esperada comparecencia del presidente norteamericano encaja con el acuerdo alcanzado por los miembros de la OTAN en la pasada cumbre de Lisboa para traspasar gradualmente el control a las fuerzas de seguridad afganas. Se espera completar la retirada de los efectivos de la Fuerzas Internacionales de Asistencia para la Seguridad (ISAF por sus siglas en inglés) para diciembre de 2014. A partir de entonces la cooperación será económica.

Por otro lado, el anuncio de Obama ha sido bien recibido por la opinión pública, hastiada de una guerra que parece no tocar fin y en la que ya han fallecido en torno a 1500 soldados estadounidenses y más de 11.000 han resultado heridos. La última encuesta del Centro de Investigaciones de Pew (fact tank no partidista) señala al respecto que el 56 por ciento de los norteamericanos quieren la salida de Afganistán tan pronto como sea posible, frente a un 39 por ciento que prefieren permanecer en el país hasta que se estabilice la situación.

Mientras los altos cargos de la administración Obama se felicitan por haber dado importantes pasos en la guerra contra el terror, al haber acabado con la vida de Osama Bin Laden el pasado mes de mayo, Afganistán se encuentra al borde de la guerra civil. Si bien la misión de la OTAN en el país centroasiático consiguió derrocar rápidamente al régimen talibán que había dado cobijo a Al Qaeda, las nuevas instituciones se encuentran corroídas por la corrupción. Por otro lado, los talibán han conseguido trascender su tradicional apoyo entre la población pastún, haciéndose fuertes en las provincias del este, limítrofes con Pakistán.

Corrupción en tiempos de guerra

Tal y como señala el think tank con sede en Bruselas International Crisis Group, “la colusión entre insurgentes y oficiales gubernamentales corruptos en Kabul y las provincias colindantes ha aumentado, llevando a una profusión de redes criminales en el corazón de Afganistán”. Tras el atentado a finales de junio en el Hotel Intercontinental de Kabul, uno de los lugares hasta ese momento más seguros de la capital, la capacidad de las fuerzas de seguridad afganas ha quedado en entredicho. Como en otras ocasiones, las primeras investigaciones parecen indicar que los terroristas suicidas sobornaron a algunos oficiales para burlar la seguridad.

Entre los últimos acontecimientos en el país centroasiático también se cuenta la evasión de 500 presos talibán de una prisión en la provincia de Kandahar, al sur del país, un atentado contra el Ministerio de Defensa y un ataque suicida en una mezquita durante el funeral del medio hermano del presidente Karzai, abatido a tiros el 12 de julio por uno de sus guardaespaldas.

Esta situación de creciente inestabilidad mina el plan del presidente del país Hamid Karzai, que en marzo anunciaba el inicio de una transición para poner en manos afganas la seguridad de la capital y otras seis regiones. Más allá de Kabul, “los talibán están haciéndose fuertes en las zonas rurales, instalando gobiernos en la sombrea y llevando a cabo agresivas campañas de asesinatos al tiempo que cooptan a oficiales de distintos gobiernos provinciales que también quieren su pedazo de la economía de guerra”, indica International Crisis Group.

A esto hay que añadir la crisis constitucional que atraviesa el país, después de que un cuarto de los miembros de la cámara baja perdieran su escaño por decisión de la Corte Suprema el pasado mes de junio. De acuerdo con el tribunal, 62 de los 249 legisladores se impusieron en los comicios de septiembre de 2010 de manera fraudulenta.

Cerca de convertirse en un Estado fallido, Afganistán se encuentra inmerso en una espiral de violencia. Al dar prioridad estratégica a la guerra de Iraq, en la que EEUU concentró la mayor parte de sus recursos, los esfuerzos de Occidente para apartar a los talibán del poder y democratizar el país han fracasado.

María Gallar Sánchez. ASIA

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